Mi abuela vivía en mi casa desde que yo nací porque se quedó viuda. Dormíamos en la misma habitación porque nuestro piso no era grande y en verano las dos nos íbamos de vacaciones a su casa del pueblo.
Mi abu hablaba con las vecinas, mientras yo jugaba en la calle, y hacía mantas de lana con ganchillo. Las conservo como el mejor de los tesoros y cuando falleció me tatué su aguja.